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Dulce María Loynaz, en plena eternidad

Por el 2 marzo, 2013
Dulce María Loynaz
Dulce María Loynaz

El pasado diciembre, la poetisa cubana Dulce María Loynaz, una de las más entrañables y veneradas plumas de la lírica hispanoamericana, hubiera cumplido 110 años. Hoy día, su otrora casona del Vedado, devenida centro cultural, donde lo más selecto de la intelectualidad mora asiduamente como si participara de la celebración de este onomástico, que nunca olvidamos del calendario, pues en todo el inmueble guarda, todavía, vestigios del aroma que acompañó a la insigne escritora, quien, para orgullo de las letras cubanas, ostentó el Premio Cervantes y el de Literatura, en Cuba.

Su poesía estuvo impregnada de difíciles recursos estilísticos, los cuales la consagraron dentro de una maestría alcanzada por pocos poetas. Dama sincera, sencilla y muy singular, dueña de gran sensibilidad; nos legó obras trascendentales. Destacan Poemas sin nombre y la monumental novela Jardín. Otras como la “peculiar” Bestiario, nos devela una arista humorística, vinculada a la fauna, poco usual en la Loynaz.

Y es esta fémina, la que nos enseñó: “No debe ser el poeta en exceso oscuro, y sobre todo, no debe serlo deliberadamente…”; es quien amó a su isla, la que alzó su voz para elogiar al revisitado rio Almendares, uno de los símbolos de la geografía habanera, cuya existencia ha registrado disímiles “historias” citadinas. Y sobre todo la que no será jamás olvidada. Estará allí en su jardín rodeada de rosas, abejas, pájaros y cantos de cristal; para entregarnos vida y algo de “Eternidad”.

Autor: Roberto Viera Sánchez

Original de Matanzas, Cuba. Licenciado en Hotelería y Turismo. Desempeña funciones de guía y promotor turístico en Varadero. Aficionado al buceo y la fotografía submarina. Colabora como escritor para guías turísticas de Alemania, Canadá y España.

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