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Blancos, mulatos y negros tomamos café

Por el 26 diciembre, 2013
La infaltable tacita de café cubano al desayuno o después de almuerzo.
La infaltable tacita de café cubano al desayuno o después de almuerzo.

En Cuba, debemos darle gracias y erigirle hasta un monumento a José Antonio Gelabert, que en una fecha tan remota como 1748 sembró los primeros cafetos en los alrededores de La Habana. Desde entonces comenzamos a apreciar y a aficionarnos a esta aromática infusión, al punto que la mayoría de los cubanos, blancos, mulatos y negros hoy tomamos café.

Culturas entrelazadas: azúcar, tabaco y café

Tanto del azúcar como del tabaco y el café tiene la Isla arraigada culturas centenarias, aunque la del grano es relativamente más reciente, pues alcanza un cenit a partir de la emigración de los colonos franceses que lograron sobrevivir y llegar a Cuba después de la Revolución de Haití en 1804.

Nos gustó desde un principio por igual a cubanos y españoles; tampoco conocíamos entonces de los beneficios comprobados, realmente milagrosos, que reporta a la salud de quienes lo consumen, pero aun así nos convertimos en sus fieles adeptos.

Por eso su cultivo proliferó con éxito no sólo en las elevaciones de la Sierra Maestra, donde se asentaron fundamentalmente los galos; también fructificó en las lomas del Escambray y en la pinareña Sierra del Rosario, y por su calidad y alta demanda en Europa nos convertimos en grandes exportadores del grano.

Se arraigó tanto el café en nuestras tradiciones y prácticas cotidianas, que hoy los mayores que nos preceden hablan, con nostalgia, de cómo en La Habana (y en las principales ciudades), a las 3 de la tarde, el inconfundible y estimulante aroma del grano tostado y recién colado inundaba, literalmente, todos los rincones de cada localidad y motivaba a muchos a consumir una taza del auténtico café cubano, humeante, sabroso, tentador y fuerte, por el módico precio de tres centavos, con el infaltable vaso de agua fría.

Pero a cualquier hora del día podía hacerlo igual, y todas las marcas en el mercado, suministraban la especie arábiga al 100%; eran bastantes, pero con mucha clase y calidad indiscutible.

Lo mismo pudiéramos decir del amanezco clásico del cubano; la taza de café era imprescindible para comenzar adecuadamente el día, para no hablar del siempre popular y altamente demandado desayuno básico: un energético y nutritivo café con leche.

Hoy, desafortunadamente el panorama es muy diferente. El café que expende el estado en pesos cubanos, a razón de un paquete de 115 gramos por consumidor para todo un mes, es mezclado con chícharo u otros granos. En pesos cubanos convertibles hay varias marcas de café puro, en distintos formatos, pero todos caros, inalcanzables para el cubano común.

No quiero hablarles del café con leche matinal, para qué. La leche les corresponde a los niños solo hasta los 7 años de edad…

Después de 1959, por el ineficiente e estéril sistema económico implantado Cuba pasó de país exportador a importador del grano; nuestros volúmenes de producción son irrisorios comparativamente.

Algo sí puedo decirles: los cubanos que están en los más disímiles confines de este vasto mundo, en su casa, como gesto cordial de bienvenida y como tradicional nacional, seguramente le ofrecerán al visitante esa taza de café (ya sea el criollo Cubita o llegados de tierras foráneas como el Pilón, Sol de Cuba, Bustelo o Nescafé) que todos en la Isla seguimos añorando, blancos, mulatos y negros, y que recuperaremos más temprano que tarde, no lo dude.

Autor: Eugenio Flores Cid

Nacido en el reparto El Cerro, Ciudad de La Habana, Cuba, ha colaborado en alguna publicaciones gastronómicas de la Isla y breves evaluaciones a sitios especializados en comida caribeña. Apasionado de la buena comida, se ha desempeñado como Chef de Cocina en los últimos 15 años. Aborda temas de interés como: gastronomía, hotelería, tradiciones culinarias, y la música tradicional cubana.

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